En julio de 1969, la tensión acumulada entre El Salvador y Honduras explotó en un conflicto armado que pasó a la historia como la guerra del fútbol. Aunque el nombre sugiere que todo comenzó por un balón, la realidad era mucho más compleja. Durante años, miles de salvadoreños habían emigrado a Honduras en busca de tierras y trabajo, lo que generó resentimiento, disputas agrarias y un fuerte choque social. Cuando ambos países se enfrentaron en una serie de partidos clasificatorios rumbo al Mundial de México 1970, el ambiente ya estaba cargado de nacionalismo, hostilidad y violencia entre aficionados.

Tras el partido de desempate en Ciudad de México, ganado por El Salvador, las relaciones diplomáticas se rompieron y el 14 de julio comenzó la ofensiva militar. El conflicto duró alrededor de cien horas, pero dejó miles de muertos, desplazados y una herida profunda en la región. La Organización de Estados Americanos intervino para lograr un alto al fuego, pero las consecuencias políticas, económicas y sociales se sintieron durante años. Más que una guerra por fútbol, fue el estallido de problemas históricos que encontraron en el deporte la chispa final.