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Sin duda alguna una de las actividades más antiguas de la humanidad es la elaboración de productos a mano, con el paso de los año y la evolución en tecnologías que simplifica los trabajos, se ha dejado la forma antigua de elaborar muchos productos que hoy se hacen en serie y se venden a un precio más elevado en tiendas, boutiques o mercados artesanales.

Esta actividad está casi extinta en las grandes urbes, pero en pueblos pequeños y más en los que buscan convertirse en un centro de atracción turística, aún se preserva la antigua usanza de elaborar artesanías a mano y con instrumentos básicos como cuchillos, lijas y hasta algunas piedras para el tallado de maderas, agujas y telares rústicos para bordados y tejidos de prendas, molcajete, metate y metlapali para moler granos, chiles o especias para gastronomía.

Estos son tan sólo tres ejemplos de actividades artesanales muy común aún hoy en día, familias y hasta comunidades enteras viven de estos trabajos, son fuentes de empleo directo y sobre todo son sustanciales para que los que gustan de practicar turismo visiten un lugar. Aún así, pocos son los lugares que brindan espacios dignos a los artesanos, irónicamente son de los principales actractivos para el turismo pero los más abandonados por gobiernos, grupos empresariales del sector turístico y sociedad misma.

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Los vemos, conocemos sus trabajos, sabemos que cada pieza elaborada conlleva tiempo, dedicación y precisión, aún así, son relegados a espacios no decorosos, en la inclemencia del tiempo, no considerados como fuentes de trabajo formal y son mayoritariamente víctimas de revendedores. Valorar su trabajo es ser conscientes de sus esfuerzos y dedicación, impulsar sus productos es benéfico para todo un sector comercial y dar el pago justo por sus artículos es ser precisamente eso, justos con ellos.

Impulsemos a nuestros artesanos, porque tengan espacios dignos y trato justo.

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