A pesar de la tristemente célebre costumbre de los candidatos mexicanos de declararse todos ganadores en sus respectivas elecciones en cuantos las casillas cierran, la conformación de la Cámara de Diputados en México luego de su renovación total deja un serie de complejas realidades y agridulces resultados para todos los involucrados, incluido Morena y la “alianza opositora”.
Las elecciones de este 6 de junio ya eran históricas y complicadas en la previa. En medio de una pandemia, COVID-19, y ante un periodo de violencia, inseguridad y polarización para los candidatos, México movilizó a más de 90 millones de votantes para elegir más de 21,000 cargos. Incluidos están los 500 escaños de la Cámara de Diputados.
Forzados luego de un desastroso 2018, los partidos hasta entonces hegemónicos, desde las sombras de la minoría en el Congreso, acordaron una alianza inédita. El objetivo era difícil, la explicación sencilla: arrebatarle a Morena, el partido en el poder, la mayoría en San Lázaro, donde se decide cada año el Presupuesto de Egresos y desde donde el presidente Andrés Manuel López Obrador había conseguido impulsar sin mayor problema reformas de todo tipo, incluidas a la Constitución.
Luego de la jornada electoral, el objetivo se cumplió. A medias. PAN (Partido Acción Nacional), PRI (Partido Revolucionario Institucional) y PRD (Partido de la Revolución Democrática) le arrebataron a Morena, según el conteo rápido del INE y a falta de los resultados oficiales, una de las armas más poderosas del oficialismo: la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, con la que podían reformar la Constitución mexicana.




