En Tlatlauquitepec la Cuaresma no pasa desapercibida. Se siente en el ambiente, en las campanas de la iglesia y, sobre todo, en las cocinas. Hay un platillo que anuncia la temporada mejor que cualquier calendario: la torta de camarón. No es solo comida, es costumbre, es memoria, es identidad. Basta que empiece la vigilia para que muchas familias saquen el camarón seco y comiencen el ritual que han repetido por generaciones.
La preparación tiene su encanto. El camarón se limpia, se muele y se mezcla con huevo batido hasta formar pequeñas tortitas que luego se fríen con paciencia. Después vienen los nopales y la salsa roja bien sazonada, donde todo termina de cocinarse y tomar ese sabor tan particular que distingue a la región. El resultado es un guiso sencillo pero lleno de carácter, de esos que saben a casa y a tradición.
Durante la Cuaresma, cuando muchas personas evitan la carne roja por motivos religiosos, la torta de camarón se convierte en protagonista de la mesa. Más allá de la fe, representa unión familiar: abuelas enseñando a nietos, madres compartiendo secretos de sazón, vecinos intercambiando porciones. En Tlatlauquitepec, este platillo no solo alimenta, también mantiene viva una herencia que se transmite año con año, cucharada tras cucharada.



