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Fotos: armandoborzani.mx

Para estas fechas hace 18 años en la región todavía no dejaba de llover y las noticias comenzaban a llegar al mismo ritmo de la lluvia, se decía: “A la carretera federal se le fue un pedazo y ya no se puede pasar, ya se tapó el camino con un derrumbe y no hay paso para tal y tal lugar, el río se desbordó llevándose unas casas que estaban cerca, un alud de lodo sepultó otras casas que tenían personas dentro” Al hablar de muertos se comenzaba a perder la calma y el desabasto de mercancías ya era notorio en las tiendas. Las historias fluían desde el juicio de cada persona, asombraban y preocupaban a todos, la incógnita de que está pasando y que es lo que va a pasar después, se respiraba en el aire. La catástrofe que ocasionó las lluvias había desatado el caos.

No saber que hacer era lo que nos unía. Aun que surgían ideas para atender la emergencia el no estar listos para enfrentar un desastre se hizo evidente, pues la protección civil era un concepto que aún no había permeado entre la población, aunque ya se había instituido en el papel por las autoridades en ese momento la realidad rebasó a todos. Las comunicaciones no eran las de ahora y en esos días cualquier intento parecía ser fallido no había líneas de teléfono, no había electricidad, los caminos tapados, escaseaba la gasolina y urgía poner a salvo a las personas que por la condición de sus viviendas estaban en una situación real de peligro.

Pocos días después las secuelas estaban a la vista de todos, los afectados necesitaban ayuda, los que no habían sido afectados querían ayudar; los de cerca poniendo manos a la obra y los de lejos mandando lo que nos podía servir. El apoyo espontaneo mostró que el mexicano desde siempre y en cualquier región tiene el gen de la solidaridad, como vimos recientemente en los sismos del mes pasado.

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En esos días la presencia del ejército mexicano con el PLAN DN-III-E llegó a la región tomando el liderazgo de la atención inmediata para organizar los albergues, el auxilio de los que estaban incomunicados, el censo de las afectaciones y los damnificados, la provisión de la ayuda, el control en general. El Diario Oficial de la Federación publicó el 12 de octubre de aquel año la declaratoria de desastre natural para efectos de las reglas de operación del FONDEN y ya con suficientes recursos económicos y aun en medio de la confusión comenzaron los trabajos que fueron para rescatar lo más apremiante que en ese momento era atender las victimas en sus necesidades básicas y de vivienda, en cuestión de infraestructura era abrir los caminos, restablecer los servicios y reconstruir lo más severamente afectado. Hacer un plan de rescate y trabajar sin descanso en la idea de volver a estar como antes fue la lógica en la que se sumaron los esfuerzos de todos.

La beneficencia de las personas de buena fe tampoco descansó pues seguía fluyendo la ayuda y en forma constante llegaban camiones de víveres, medicinas incluso de ropa nueva para los damnificados, y como en toda situación de crisis esto sacó lo mejor o lo peor de cada quien pues la distribución en el reparto de todas estas provisiones llegó a no ser equitativa; pues personas que no habían tenido absolutamente ninguna afectación también se vieron beneficiadas de los apoyos, muchas a lo pequeño y otras a lo grande, pues su posición les permitió disponer de las cosas sin tener ninguna inspección y desde luego ninguna consecuencia.

La vivencia de ese otoño de fin de siglo nos reveló donde somos vulnerables, nos enseñó cómo podemos hacer sentir menos los efectos de un desastre natural y las precauciones que debemos tomar para afrontar un suceso de esa magnitud.

Comparto un archivo fotográfico que fue adquirido del trabajo de un fotógrafo local.

 

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